33. *¿Qué más quieres?*
# *¿Qué más quieres?*
Puedo decirte a partir de mi experiencia que la Existencia siempre nos está obsequiando. ¡Qué abundancia! Pero estamos tan entrenados en la disciplina del descontento que nos hemos tornado insensibles a lo que recibimos. Siempre queremos más.
Una anécdota:
Un hombre realizaba una rigurosa penitencia en la selva para que Dios se le apareciese.
Dios apareció frente a él y le dijo al hombre que pidiese lo que quisiera.
El hombre estaba lleno de alegría y dijo que era terrateniente, que había perdido toda su riqueza y que quería volver a ser rico.
Dios se apiadó de él y le dijo que al día siguiente, si el hombre corría desde el amanecer al anochecer, toda la zona recorrida sería suya.
El hombre se sintió extremadamente feliz.
Al día siguiente empezó a correr incluso antes del amanecer.
Corrió todo lo rápido que pudo.
Alrededor del mediodía sintió hambre pero no hizo caso y continuó corriendo.
A media tarde, la sed y el cansancio le asaltaron, pero él no hacía sino pensar en el terrateniente vecino, que poseía muchos acres de tierra. Las imágenes de toda su riqueza le vinieron a la mente y siguió corriendo.
Poco antes del anochecer se sintió mareado y débil, pero se las arregló para dar unos cuantos pasos más.
Cuando anocheció, vaciló... y cayó muerto.
Así es como todos vivimos nuestras vidas. ¡Corremos la carrera sin ni siquiera detenernos a pensar por qué estamos corriendo! ¡Corremos porque todos los demás corren! Shankaracharya los describe bellamente como «thatha kim, thatha kim», que significa: «¿Qué sigue, qué sigue?». Todo el tiempo estamos pensando en «qué sigue».
Otra anécdota:
Encontraron a un hombre llorando en el umbral de su casa.
Su amigo le preguntó qué le sucedía.
Dijo él: «Mi tía abuela ha muerto dejándome todo su dinero».
El amigo se quedó perplejo y dijo: «Pero ya era muy mayor, y además te ha dejado todo su dinero. ¿Por qué lloras?».
El hombre contestó: «No sabes nada... la semana antes de eso, mi tío murió y me dejó todo su dinero».
El amigo se quedó perplejo y dijo: «¿Y por qué lloras?».
El hombre continuó: «Y la semana anterior, mi tía murió y me dejó todo su dinero».
El amigo no entendía por qué eso le hacía llorar.
Preguntó: «Por favor, dime por qué todo eso te hace llorar».
El hombre dijo: «¡Porque no quedan más familiares que puedan morirse y dejarme su dinero!».
Sí, claro, esta historia es una exageración, pero así es como somos. No nos sentimos felices a pesar de todo lo que tenemos.
Imagina, durante 24 horas, de la mañana hasta la noche, que has perdido la vista. Intenta trabajar manteniendo los ojos cerrados. En pocos minutos comprenderás la dificultad. Qué alivio será abrir los ojos y volver a ver el mundo. ¡Probablemente entonces agradezcas a Dios el don de la vista!
¿Alguna vez te has comparado con personas que no pueden ver y dado las gracias a Dios por disfrutar de la vista? ¡No! ¿Por qué no? Porque todo lo que se te ha dado siempre lo has dado por hecho. Esa es la razón. Piensas: «Sea como fuere está ahí, vamos a ver qué es lo siguiente».
Hacer, tener, ser
Todos funcionamos alrededor de esos tres ejes: hacer, tener y ser. Hacer para tener, sin disfrutar de ser, es la única causa de toda nuestra desdicha. Hacer nunca se pone al día con tener. Cada vez que trabajamos mucho y satisfacemos un deseo, hay otros que nos hacen correr.
Nunca pienses: «Déjame trabajar ahora. Ya disfrutaré luego». ¡No creas que vas a poder volver y disfrutar! Te digo que nunca sucederá. Cada mañana llega en forma de hoy. Hacer debe llevar a ser en cada momento. Sólo entonces irás por el camino adecuado.
No pospongas vivir. ¡Celébralo! Disfruta de la vida: es ahora o nunca. Todos discurrimos por la vida creyendo que ya disfrutaremos luego, pero acabamos yendo a parar al cementerio. Cuando empiezas a correr pierdes tu capacidad de disfrutar. Te olvidas de cómo disfrutar.
Tal y como dicen: «¡Hay más placer en el buscar que en el hallar!». Mientras corres tras algo siempre da la impresión de que vale la pena, pero una vez que lo obtienes, ¡acaba perdiendo su importancia! Si eres consciente de ti mismo y comprendes qué es lo que quieres exactamente, e intentas hacer eso solo, nunca te encontrarás en ese tipo de situación autocontradictoria y fragmentada.
Dice bellamente Ramana Maharshi:
Adaivadar mun kadugery aanaalum malayaay kaatthi Adainda pin malayey aanaalum kadugai kaatthum maya manam
Significa: «¡La mente es esa ilusión que hace ver que una diminuta semilla de mostaza es una inmensa montaña hasta que se llega, y que una montaña parezca tan insignificante como una semilla de mostaza hasta que se llega!».
La gente me pregunta: «Swamiji, ¿cómo sabremos dónde estamos si no comparamos?». En el mundo siempre habrá alguien mejor que tú haciendo lo que hagas. Existe un 99,99% de probabilidades de que no seas el mejor ingeniero del mundo, el corredor más rápido o el pintor con más talento. ¿Significa eso que disfrutes de ello menos? Solo cuando piensas que pudieras estar disfrutando menos que otra persona, ¡empiezas a disfrutar menos! En el momento en que entra en ti el pensamiento de que «alguien debe estar disfrutando más», cambia todo tu ánimo. Te intranquilizas y te vuelves celoso.
Es así: la pobreza en sí misma no nos molesta. ¡Lo que nos molesta es el pensamiento de que somos pobres! Podemos llevar una vida tranquila tal y como somos, pero cuando entra en nosotros el pensamiento de que somos pobres, sufrimos. ¿Y cómo llega dicho pensamiento? Pues al ver a otros y comparar. Nos sentimos de ese modo porque ese pensamiento sacude directamente nuestro ego y nos encogemos... como un mango.
Una anécdota:
Dos tiendas que están enfrente en la misma calle, venden el mismo género.
Entre ellas siempre existe una reñida competencia.
El tendero de una de ellas salió un día y colgó un cartel fuera de su tienda: Desde el año 1929.
El tendero de la tienda de enfrente lo observaba todo desde el interior de su local. Al día siguiente, salió y colgó un cartel frente a su tienda: Todo el género es nuevo. Nada de mercancía vieja.